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Embrujo Pacífico.

Por cortesia de Laura Juliana Castillo publicamos este artículo de su autoría en el que relata la experiencia vivida en Bahía Solano durante el III Encuentro de la Red de Turismo Sostenible de Colombia.

 

Embrujo Pacífico

El deleite empezó desde los aires, con un derroche de clorofila imponente, un océano que se le cuela al continente y los ríos marrones serpenteando por el denso tejido verde.

Después de alcanzar las nubes, el aeropuerto José Celestino Mutis nos esperaba ansioso con una fiesta de música y colores en su sencilla construcción de madera.

Este es el Chocó Biogeográfico, una expresión larga, interminable con tantas vocales, con tantos matices como la vida desbordante del pacífico colombiano. Rebelde, nada complaciente, pero encantador, con su pinta más veraniega en medio de la mejor conferencia y su lluvia a cántaros la mañana destinada al mar. Utiliza la ley del tómalo o déjalo, ofrece aventura que vale la pena aprovechar en el momento porque mañana talvez esté de otro humor.

Amanece con la lluvia que invita a llenarse de vida, que muestra el verdadero alcance de la humedad de esta selva, el Choco se presenta así, con fuerza, como la de su raza, con intensidad como la piel negra, como el músculo bien formado.

Lecciones aprendidas: Imprescindible el impermeable si no se quiere bañar varias veces con el cielo, que por cierto es una delicia. La sandalita caribeña no funciona en estas latitudes, los pies crecen, los zapatos no ofrecen la delicia de sentir la arena entre los dedos, mientras se ven correr cientos de cangrejos en zigzag por la arena.

Acostada en la playa, le daba la espalda a un verde exhuberante pasado por agua dulce en delicadas y refrescantes cascadas y al frente disfrutaba de un azul profundo, creciente, decreciente, salino. Compartía la arena con los troncos de diversas formas que traia el mar: venados, cruces, hombres, serpientes, sillas.

El mar esta vivo, palpita al ritmo de la marea, aquel reloj de arena que marca la vida de nativos y visitantes, cierra el paso, hace tomar caminos largos, que pueden ser más desafiantes que el atajo con arañas, garzas, ranas; forma jacuzis naturales, de agua calientica, en medio de las rocas, y hasta deja acuarios, donde cientos de pecesitos disfrutan de los rayitos del sol que les entibia el agua mientras viene de nuevo el salvaje mar a acabar con su apacible calma.

El Parque Nacional Natural Utria, senderos cargados de explosiones de vida en fucsia, naranja, amarillo, verde y café, un sueño selvático que despierta con una ensenada tentadora para nadar a la otra orilla.

El rió Tundó y sus manglares: el piñuelo, el blanco, el rojo y el negro, tambien el nato, conforman un escenario de paz, silencio sólo interrumpido por el pájaro carpintero; equilibrio, ritmo y técnica de remo se unen para no voltear el potrillo, la pequeña embarcación de madera, que separa del agua fría y cristalina que corre con prisa a encontrarse con el mar.

Las posadas también son todo un atractivo. Villamaga, Puerto libre de los sueños. La del nativo, un trozo de biodiversidad: flores exóticas, papayas, guanábanos donde se pierden las cabañas rústicas, en madera, hechas con sudor, con ingenio, colchones de fibras vegetales, protegidos por toldillos que invitan a hacer de la noche una danza de cuerpos entre sábanas de algodón, el balcón con las barandas, donde es inútil colgar la ropa mojada que lejos de secarse cada vez estará mas húmeda. El baño a totumados devuelve la sensualidad del agua refrescante que corre lentamente deteniendo la afanosa rutina de la ducha.

La noche descresta con sus cielos estrellados, pero la champeta y el reggaeton llaman a las discotecas, donde el movimiento es suave, cadencioso, minimalista, casi no se ve pero se siente en la sangre, se funde con el viento, con la brisa, toca sin tocar, acaricia dejando siempre unos centímetros entre cuerpos, hasta que inicia la descarga de energía de la chirimia, que inunda la pista con los cuerpos poseídos por el sabor del pacífico. Lo bueno acá es que se trasnocha y se amanece como nuevo.

La riqueza natural se materializa en los sabores del róbalo, el atún, el mero, el patacón, las churulejas o caracolitos negros que andan de cosecha en temporada de ballenas, con los que se hace el arroz atollado: ni tan seco ni tan mojado. El borojó en todas sus presentaciones: colombina, caramelo, mermelada y guarapo no se cansa de desafiar al gusto con su sabor ni dulce, ni amargo. Las cocadas tendidas sobre las hojas parecen una especie más de la fauna Chocoana.

Las artesanías son un descreste natural, en el que la tagua y el okendo, se vuelven cómplices de las manos sabias que las convierten en colas de Yubartas, delfines o gaviotas.

Los Vallunos conocen su tierra, desnudan sus secretos y llevan a pequeños paraísos vírgenes, que hacen valorar al viajero la fortuna de penetrarlos y encontrar en ellos una mantiz religiosa, un erizo, un kakiri o una garza azul.

En las reuniones de Asoheco (Asociación de Hoteleros Ecoturísticos de Nuquí y Bahia Solano) se escucha otra Colombia, una con equidad, con esperanzas, pujante, emprendedora; con decepciones y con aciertos estos personajes se empeñan en construir un turismo diferente mientras ruedan las pipas con ron. Porque en el Valle las pipas no se fuman, se beben, y es que así se conoce el fruto de la palmera que todavía no es coco, tiene la carne muy tierna y está lleno de agua.

Que rico pensar en Bahia Solano, en el Valle y que bueno escribirlo, la importancia del registro, evocar la humedad en este bosque seco tropical.

Definitivamente el Chocó invita a realizar un turismo diferente, relajado, espontáneo, respetuoso, responsable con el hombre, con la naturaleza, con la vida.

Por:
Laura Juliana Castillo

Fotos:
Fredy A. Ochoa


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Viceministerio de Turismo. Ministerio de industria Comercio y Turismo Unidada administrativa especial del sistema de parques nacionales naturales SENA Risaralda Universidad Externado de Colombia Fundaciòn Clorofila Urbana INPAHU FOndo Biocomercio